Psicología y tratamiento de los comportamientos autodestructivos

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(0) 10/04/2017 16:29h
Psicología y tratamiento de los comportamientos autodestructivos

Los comportamientos autodestructivos son, a primera vista, los más enigmáticos y contra-intuitivos de los trastornos psicológicos. ¿Cómo es posible que alguien quiera perjudicarse?
 
Parece entrar en directa contradicción con la evidencia aparentemente límpida que las personas buscan el placer y la felicidad. Hay algo chocante en el deseo de hacerse daño, de no protegerse, de buscar el sufrimiento. Las personas que descubren esa faceta de sí-mismas suelen sentirse muy turbadas por ello.
 
Y, sin embargo, tomando un poco de distancia, constatamos que los comportamientos autodestructivos están lejos de ser inusuales.
 
Ciertamente, a veces se presentan bajo formas claras y fácilmente reconocibles, donde el deseo de destruirse es manifiesto y consciente (o casi): la automutilación, ciertas toxicomanías, exponerse voluntariamente a la violencia de los otros, son ejemplos de ello.
 
No obstante, esas formas, tan flagrantes, no son en absoluto la expresión más común de los comportamientos autodestructivos. Todas las formas sutiles de auto-sabotaje, de las cuales el individuo no tiene consciencia alguna, y que atacan eficazmente su bienestar, son mucho más frecuentes.
 
Rebajarse automáticamente, buscar la humillación sin darse cuenta, percibir todo a través de un prisma de negatividad, pasar por misteriosos y repetitivos fracasos, estar insidiosamente (y firmemente) enganchado a situaciones deletéreas, o encontrarse continuamente en la posición de víctima, están entre las numerosas maneras que se utilizan para perjudicarse.
 
Notemos también que, desde un punto de vista más amplio, ciertas ideologías anclan un sentimiento auto-valorizante ––a menudo de superioridad moral–– en el sufrimiento. De este modo atraen hacia sí individuos que buscan una justificación intelectual a sus necesidades autodestructivas inconscientes.
 
Si profundizamos en todas estas situaciones, descubrimos la evidente imposibilidad de permitirse ser simplemente feliz, pero también, y de manera notablemente menos evidente, el placer clandestino en el sufrimiento –– clandestino porque es inaceptable a la consciencia.
 
¿Cómo puede ser?

El masoquismo, pues se trata de eso, remonta a muy lejos en el desarrollo humano. Según ciertos psicólogos y psicoanalistas, una de sus vertientes podría ser aquello que nos permite soportar una cierta cantidad de displacer inevitable en la existencia humana. La reconocida psicoanalista franco-griego Marilia Aisenstein dio recientemente una conferencia en Madrid sobre ello en la APM.

Tomemos un momento para describir esta vertiente y diferenciarla de la autodestrucción

La vida nos presenta frecuentemente con situaciones que conllevan un grado de sufrimientos: todos los esfuerzos, no siempre agradables, que debemos hacer para llegar a nuestros objetivos, por ejemplo.

En efecto, para avanzar en la vida, llegar a ser más instruidos, más competentes, más sanos, debemos poder tolerar el sufrimiento que viene con ello, e incluso poder sentir un cierto placer en el esfuerzo. Se puede ver como un tipo de masoquismo protector, una capacidad de dar un matiz positivo a una cierta cantidad de displacer, que nos permite soportar la frustración.

Ahora bien, la otra vertiente del masoquismo, la que está operando en los comportamientos autodestructivos, es de una naturaleza enteramente diferente; no lleva a nada positivo, no ayuda al individuo a avanzar, y tiende a enviscarlo en espirales tan perniciosas como persistentes. ¿Cómo funciona, entonces? 

En la mayoría de los casos, observamos dos vectores que se entrecruzan para engendrar estas situaciones.

El primer vector es un sentimiento inconsciente de culpa que exige un castigo tanto como prohíbe la realización plena del individuo. Es una culpabilidad larvada, que emana frecuentemente de deseos inconscientes más que de hechos reales (aunque no siempre), que condena al individuo a la infelicidad para expiar sus faltas. Sin embargo, como las faltas son inconscientes, y por lo tanto vividas como constantes e inmutables, la expiación no llega nunca a ser definitiva y debe ser continuamente renovada.

El segundo vector es un mecanismo de defensa que consiste en transformar lo que hace daño en lo que da placer –– gozar del dolor de tal manera que lo que tenía que ser una señal de alarma o de dolor se convierte en una fuente de placer. Este desvío hábil es una manera muy eficaz de protegerse contra ciertos sufrimientos psíquicos, pero tuerce el funcionamiento mental, lo distorsiona para hacer de él un sistema que produce sufrimiento, lo opuesto de su función original.

Estos dos vectores se sueldan a veces en una alianza potente sentida como más gozosa, más controlable, que los placeres y decepciones inevitables a la que la vida normal nos somete. La cuestión cuantitativa es decisiva porque a veces los sujetos que sufren de comportamientos autodestructivos están tan instalados en ellos que sienten que pueden obtener más placer, más sentimiento de dominio en su vida, haciéndose sufrir que intentando ser felices.

El tratamiento de los comportamientos autodestructivos pasa por la toma de consciencia del sentimiento de culpa, la comprensión de los deseos, y a veces actos, que lo crearon, y la elaboración psíquica de toda esta constelación. Paralelamente, habrá que desligar el sufrimiento el placer.

Debemos reconocer que este no es un trabajo psicoterapéutico fácil; cuando estos sistemas de funcionamiento mental han tenido tiempo de instalarse sólidamente, son particularmente tenaces –– todos los psicoterapeutas, sean psicólogos, psiquiatras y/o psicoanalistas han tenido esta experiencia.

No obstante, ayudar a estas personas está lejos de ser imposible. Con los medios suficientes y un deseo importante de cambio en el o la paciente, es posible favorecer cambios profundos que le ayudarán a permitirse ser feliz.

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Psicoanálisis en Madrid, Psicólogo en Madrid

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