Ficción y deseos: las representaciones de la psicoterapia y del psicoanálisis · Blog Psicoanalista en Madrid

Ficción y deseos: las representaciones de la psicoterapia y del psicoanálisis

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(0) 08/11/2014 17:50h
Representaciones del psicoanálisis

La psicoterapia y el psicoanálisis aparecen bastante frecuentemente en las películas, las series y los libros, a veces par dar más profundidad a los personajes, otras veces como tema principal de la historia, y otras para añadir un elemento cómico.
 
Esto forma parte del material creativo de los autores y puede resultar muy eficaz como recurso narrativo. Nos emocionamos, por ejemplo, ante la insospechada fragilidad de un personaje, o bien nos maravillamos de la gran perspicacia del psicoanalista, y a menudo sentimos el estremecimiento delicioso de penetrar en el territorio prohibido de una consulta. A todo esto se añade, frecuentemente, la puesta en escena del escándalo intrigante de las transgresiones de la deontología.
 
Todas estas representaciones son perfectamente legítimas como recursos narrativos, y felizmente la psicología, la psicoterapia y el psicoanálisis no son tratados como objetos sagrados que sólo podrían abordarse con la más estricta reverencia.
 
Ahora bien, esto también puede suscitar algunos interrogantes ya que a menudo reencontramos los mismos temas que se repiten en esas representaciones –– temas, notaremos, que tienen muy poco que ver con la realidad. En efecto, las representaciones de la psicoterapia y del psicoanálisis, sobre todo en los medios audiovisuales, abundan en situaciones enteramente ficticias. ¿Qué son, y de dónde vienen esas ficciones? ¿Por qué se repiten tanto?
 
También observaremos lo que parece ser la extrema dificultad de representar el trabajo terapéutico de manera más o menos fiel a la realidad. Es muy inusual encontrarlo, salvo algunas raras excepciones que no suelen ser más que pálidas aproximaciones. ¿Debemos concluir que, efectivamente, es imposible representar la complejidad, la honestidad, la profundidad humana de un psicoanálisis de manera que pueda interesar a un espectador?
 
Intentemos, pues, responder a esas preguntas, y comencemos por los temas que se repiten y de dónde vienen.
 
Ficción: la omnisciencia del psicoanalista
 
Cuando un psicoanalista es representado en una película o una serie, no es infrecuente que estemos asombrados por su fulgurante clarividencia frente a lo que, en principio, nos parece la gran opacidad de las dificultades del paciente. Sin que podamos seguir su proceso de deducción, el psicoanalista llega a una comprensión milagrosa del problema; el paciente, deslumbrado, está profundamente conmovido y su vida entera cambia a partir de ese momento.

Naturalmente, el trabajo de los psicoanalistas consiste en revelar lo desconocido ––y por supuesto que a veces son muy inteligentes, intuitivos, y tienen momentos de gran inspiración–– pero todo parecido entre la realidad del trabajo cotidiano durante un análisis y la escena que acabamos de describir es bastante tramposa. Esa fácilidad de resolución de los problemas es una entelquia. No obstante, la fantasía de la comprensión mágica, de la telepatía, nunca está demasiado lejos, y esta fantasía infiltra todas las concepciones populares de la profesión. ¿Por qué, pues?

Porque el psicoanalista está frecuentemente asimilado, inconscientemente, a la imagen de la madre o del padre de la infancia del sujeto: los padres que comprenden, de manera bastante extraordinaria, dicho sea de paso, las necesidades del niño pequeño sin que éste tenga que ––o pueda–– expresarse con palabras. Una madre normal cuando oye ese llanto o ese gemido, comprende físicamente que el niño tiene hambre, o sueño, o bien que quiere mimos, y sabe lo que tiene que hacer intuitivamente.

Es una madre que parece todopoderosa y omnisciente al niño que se siente transparente frente a ella. Aunque a medida que nos desarrollamos nos volvemos cada vez menos transparentes, esa madre primera permanece en nuestro inconsciente y reaparece cuando las circunstancias son propicias. Una madre que parece comprendernos mágicamente y que es capaz de resolver nuestro sufrimiento con mucha facilidad.

Por lo tanto, el psicoanalista increíblemente clarividente (en el sentido fuerte de la palabra, in-creíble) que podemos ver en algunas películas es, en realidad, una ficción: es el deseo regresivo de ser un niño pequeño con una madre muy sensible a sus deseos, estar envuelto en el mullido nido de los cuidados maternos que protegen al niño de una experiencia demasiado precoz de la diferencia entre uno mismo y el otro.

La realidad lenta y a veces ardua de una psicoterapia, donde uno debe trabajar para expresarse y para comprender, es todo menos mágica. Las fantasías de omnisciencia nos protegen, un momento, de esa realidad frustrante, y nos permiten imaginar un mundo más agradable donde hay que hacer menos esfuerzos.

Deseo: introducirse en un terreno prohibido
 
Todas las profesiones relacionadas con la salud mental deben obligarse a una rigurosa confidencialidad y comprometerse a proteger el secreto profesional. Es indispensable que los pacientes puedan sentir que son libres de hablar de cosas que nunca han contado a nadie ––ni, tal vez, plenamente a sí mismos–– con toda seguridad.

La consulta del psicoanalista es a veces el receptor de la intimidad más inconfesable, de las ideas y fantasías más vergonzosas, de sensaciones perturbadoras, y de elementos fuertemente cargados emocionalmente. Sin la seguridad que eso nunca saldrá de la consulta, no hay un trabajo verdadero posible. El psicoanálisis, por lo tanto, es una empresa eminentemente privada que se desarrolla entre el psicoanalista y el paciente. Todos los demás están excluidos.

Ahora bien, eso despierta una enorme curiosidad. ¿Qué sucede allí dentro? ¿Qué cuenta esa persona? ¿Cuál es la vida secreta debajo de esa apariencia de una gran normalidad? ¿Existen otras personas que sienten o piensan las mismas cosas que yo? Las representaciones del psicoanálisis en las películas y las series nos permiten calmar esa curiosidad ya que nos inmiscuyen, con toda impunidad, en ese lugar cerrado, y nos ofrecen la visión de un intercambio muy privado entre dos personas. ¿De dónde viene, pues, esa curiosidad tan grande?

Procede de dos sitios distintos: uno está ligado a la infancia, el segundo a la inevitable separación entre los seres humanos.

La infancia: recordaremos que el psicoanalista es a menudo asimilado a las imágenes inconscientes de los padres de la infancia. Añadamos a esto que esos padres fueron el objeto de una gran curiosidad por parte del niño. En efecto, una parte normal del desarrollo de todo niño son preguntas de este tipo: “¿Qué hacen papá y mamá detrás de la puerta de su habitación” “¿Por qué parecen tan contentos juntos a veces?” “¿Qué comparten?” “Tengo la impresión que algo muy interesante sucede y yo estoy excluido…” Más tarde en el desarrollo esta curiosidad es reprimida dado que el sentimiento de exclusión es particularmente doloroso, y es muy inusual que un adulto lo recuerde. No obstante, la curiosidad permanece en el inconsciente y aparece bajo la forma de sus derivados, de situaciones que se parecen a la configuración originaria. Un psicoanálisis se presta estupendamente a ello: “¡¿Qué demonios pasa allí dentro?!”

La separación entre los seres humanos: a medida que crecemos desarrollamos un mundo interior privado. Se comparte parcialmente con las personas más próximas, pero no completamente, eso es parte de la intimidad de cada uno. Nuestra cultura también nos impone ciertas normas, no se puede hablar de todo; ciertas cosas, generalmente de naturaleza sexual o agresiva, son consideradas chocantes o reprehensibles. Sin embargo, esas cosas residen en cada uno de nosotros en mayor o menor medida. Existe allí una cierta hipocresía inherente a la cultura de la cual no hablaremos para no extendernos demasiado, pero uno de los resultados de esto es que muchas personas se preguntan si lo que sienten o piensan es “normal”. Tener acceso al interior más secreto de otras personas al ver lo que sucede en la consulta de un analista es, a menudo, un alivio: “¡Menos mal, no soy el único que piensa/siente/desea eso!”

Continuará.

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